Hace un par de días pensaba en cómo era hace unos quince años (cuando yo tenía diez) comprar un videojuego: veías una caja atractiva en la tienda, verificabas qué compañía había desarrollado el juego, tomabas la caja y leías la contraportada para saber de qué se trataba, y si te llamaban la atención las imágenes y la descripción, era casi seguro que lo compraras.
Ya estaban las revistas (y los amigos) que te decían cuáles eran los grandes juegos de la temporada, cuáles te recomendaban más comprar, pero uno seguía teniendo realmente la decisión final de comprarlo, o mínimo rentarlo. Lo jugabas, y no te importaba si tenía malos gráficos o los controles no eran tan buenos. Medías la calidad del juego por lo que a ti te llamaba la atención, y no por lo que decían los “especialistas”. Sigue leyendo